Poco a poco las distintas sociedades se fueron entregando con muy baja resolución de protesta a los medios de comunicación de cada país. El poder de informar se transformó rápidamente en una herramienta política de gobiernos y grupos económicos de alcance internacional.
Con los medios en los bolsillos de los poderosos, lo que seguía era construir un prototipo de sociedad dispuesta a masacrar, odiar o amar a lo que los medios indicaran.
En Colombia los poderosos han lanzado a los medios como perros de presa contra personajes públicos de todas las raleas e ideologías, al igual que contra cualquiera que consideren inconveniente para sus intereses, no para sus ideales por carecer de ellos.
Cada vez el asunto es más nítido para todos. El enriquecimiento desmesurado es el verdadero objetivo de los grupos políticos y económicos del mundo, en contra de la carencia más básica de las inmensas mayorías pobres e ignorantes de este hermoso planeta azul.
En Colombia, prácticamente los medios no existen. Son unos pocos cuyos dueños están con los pies en la estratosfera más alta que les proporciona sus descomunales riquezas, y por lo tanto la verdad es un asunto que no tiene cabida en sus rotativas o en sus micrófonos o en sus cámaras de televisión.
Por eso no extraña que empiece a circular con mucha fuerza una propuesta de LC Villegas, ex vocero empresarial y hoy ministro de defensa, que pide censurar el uso del twitter y las demás redes sociales por considerarlas “desaforadas e irresponsables”, cuando son los medios cotidianos los que disfrazan y camuflan los hechos con otras noticias para ocultar realidades desgarradoras.
A esos medios Villegas y este gobierno no les reclaman nada. Les permiten ser amarillistas, tendenciosos, calculadores, los dejan privilegiar y masacrar a quienes ellos quieran. Además ocultan y distorsionan realidades para promover caricaturas políticas de la peor calaña. El poder así lo exige.
Jóvenes periodistas de todo el país han encontrado en el periodismo independiente una precaria pero valiente opción para realizar un oficio cada vez más manipulado.
Y este oficio se está ejerciendo, con buen criterio periodístico, a través de las redes sociales, en páginas web, blogs, twitter y demás formas que permite el ciberespacio, cautivando lectores y seguidores aburridos e iracundos con unos medios asqueantes y vulgares.
Lo que sucede, es que estos mismos incipientes medios se mantienen más por el espíritu noble de sus editores, que por soportes económicos de las firmas que pautan, por estar controladas por agencias de publicidad que sólo dan jugosos contratos publicitarios a los medios de los empresarios colombianos.
El problema de fondo aquí, es lo que los nuevos periodistas tendrán que hacer para devolverle a la opinión pública su verdad como sociedad, su verdad como personas con derechos de elegir y ser elegidos y la verdad de lo que se esconde detrás de cada decisión política, que está muy lejos de beneficiar a los desposeídos, pero sí muy cerca de continuar enriqueciendo a quienes lo tienen todo.
el tiempo acaba…
La vida se esfuma tan prontamente, que el tiempo se convierte en una mentira. Las cosas desaparecen de prisa y corriendo, algunas por efectos de las transformaciones que sufren las ciudades, otras por secuelas naturales y muchas por la barbarie de los hombres. En todo caso, todo parece estar condenado a desaparecer.
Además, la tecnología del Internet nos transpone apresuradamente a otros escenarios en donde lo habitual se evapora dando paso a nuevas formas de vida organizada, y entonces los archivos de papel son un chiste, las distancias entre los seres desaparecen y la inmediatez de los acontecimientos y la velocidad de las comunicaciones nos dejan expuestos a otras realidades.
Es en este momento cuando las añoranzas y el viejo y melancólico “saudade” nos invade y empezamos a luchar intentando mantener vigente los últimos vestigios de una cultura despreciada, que muy fácil se entregó para dar paso a una vertiente humana desaforada por el consumo, que se lleva todo por el agujero del inodoro futurista sin compasión alguna.
Por allí van las canciones más hermosas de Colombia, sus poetas de los años 20, los paisajes brumosos y las poderosas vidas que transformaron este país y de las que ya nadie se acuerda. Parecemos un trasteo, deshaciéndonos apresurada y torpemente de las cosas de las que siempre estuvimos orgullosos de poseer: los valores, las raíces provincianas, nuestros viejos, nuestros adorados terruños donde deshicimos las infancias, el olor a café de las cinco de la mañana y el alboroto del molinillo chocolatero que anunciaba el desayuno. Por este mismo e inmundo orificio arrojamos familiares, amigos entrañables y caras dulces y conocidas. Nada dejamos intacto.
Las viejas escuelas con sus maestras, mesas de estudios y compañeros incluidos, nuestros cantos infantiles, las bandadas de golondrinas y las plagas de cucarrones de mayo. Todo se desvaneció en el aire, en tan sólo un pestañar de pocos años.
Los abrazos de nuestros padres y sus mimos y sus consejos y sus reprimendas y su permanente sacrificio por nuestras vidas, eso también desapareció. Como se fueron cuesta abajo por el caño el respeto por la vida, el aprecio por los vecinos, la solidaridad con los desarrapados, la misericordia por los que sufren, el orgullo de ser colombiano, el honor por las gratas compañías y la esperanza perenne de que el nuevo día trae algo mejor.
Cómo explicarles a los nietos que la tecnología no lo es todo. Que la rapidez con que pasan del sentimiento al hecho es una trampa mortal para el traicionero corazón. Cómo mirar al cielo y no pensar que de allí vendrá la muerte vestida de explosión nuclear y que el canturreo de los arroyos es una sonoridad en vía de extinción, como lo están el pudor, la discreción, el sacrificio, la disciplina, el temor por el tiempo malgastado y el eterno recuerdo de los tibios besos de adolescente.
Por este “desperdiciadero” se han ido ya seres amados con toda intensidad y otros que admirábamos por su compromiso con una forma de vida cercana a nuestro sentir. Ya es casi imposible que algunas de las vidas, costumbres y objetos que atesoramos con celo y furia, permanezcan en el tiempo. El fuerte impulso de las nuevas costumbres, terminarán por devorarlo todo, hasta la vida misma. Y eso no tardará en suceder, porque el tiempo acaba.