Es un minúsculo pájaro que todos los días lucha por sobrevivir a los ataques de sigilosos gatos y voraces mirlas negras que no logran anticipar los veloces y acrobáticos giros que las pequeñas aves hacen para escapar de sus embates.

Fotos:eduardo a arias a
Los conocí en Tabio, en una estancia de campo donde nos refugiamos de ese tsunami llamado Bogotá.
Los vimos por primera vez una tarde revoloteando entre las pequeñas casitas de madera que flotan en el corredor que lleva a la entrada de la casa. Y al igual que un matrimonio joven, las inspeccionaron todas. Primero ingresó ella, con su nerviosismo saltando en cada pluma de su cuerpo. Luego entró él, pausado, tranquilo, pero indiferente.
Así revisaron cada una de estas casitas que los nietos pintaron de colores para dejarnos un recuerdo vivo antes del viaje a su nuevo mundo. Finalmente se pusieron de acuerdo con la más sólida, las más grande y la más cómoda de todas. Es una casita de techo rojo, paredes verdes agua clara que tiene a su costado derecho un dibujo de flores pintado con un golpe artístico.

Casi de inmediato empezaron a llevar en sus picos pequeños pedazos de madera, plumas de otras aves, hilos, hojas secas y ramitas para tejer en su interior un nido seguro y cálido. Pero entonces encontraron dos grandes obstáculos: aquella casita, al pender de un hilo, se movía excesivamente en todas las direcciones. Pero lo que más los espantaba era sentir nuestra presencia tan cerca de su nueva residencia…y entonces algunos días después la abandonaron.
Estábamos entusiasmados de ver como alguna de aquellas casitas sirviera de refugio a esta minúscula, frágil y vivaz pareja de pájaros, y cuando notamos su abandono, nos invadió cierto aire de desconsuelo.
Hasta que cierto día la parejita llegó a nuestro balcón del segundo piso a buscar entre las salientes y los recovecos del techo un lugar donde anidar. Y empezaron nuevamente a construir su nido con los mismos materiales de siempre. Fue entonces cuando decidimos instalar la casa elegida en ese balcón, pero en un sitio más firme y discreto para ellas. ¡Y funcionó!
Pero ahora hicieron todo al revés. Sacaron cada pieza que ellos mismos llevaron para construir su primer nido y volvieron a empezar a introducir pequeños trozos de todo, hasta tener otro nuevo y seguro. En aquel incesante trajín descubrimos su febril actividad y su tenacidad, y nos comprometimos a defender tanta decisión y sacrificio por mantener vivo un espécimen amenazado peligrosamente por feroces enemigos que comparten su entorno de vida, incluyendo los fungicidas que lo envenenan todo.
Y así fue como nuestro balcón se volvió un teatro de avistamiento donde dos solitarias avecillas, desde el amanecer hasta el final de la tarde, entregan cada gramo de energía para cuidar sus huevos y sus polluelos. El único propósito de todas las aves es empollar sus huevos, alimentar sus crías, cuidarlas y enseñarles a volar en sus primeros días. De ahí en adelante empieza el peligroso juego de la supervivencia.

Los cucaracheros de este relato continúan sacando y llevando nuevos elementos para cada nidada. Los vemos llegar con suculentas polillas en sus picos para alimentar a su prole, y de aquella casita nido oímos cuando los polluelos lanzan sus agudos trinos exigiendo más y más comida a sus inagotables y sacrificados padres.

Pero también observamos los animales y los elementos humanos que las acechan mortalmente. Hasta el balcón llegan esporádicamente los gatos y las mirlas negras que incluso introducen sus largos cuellos y sus poderosos picos hasta el fondo de la casita para devorar a los polluelos o los huevos. Y por supuesto están los fungicidas que envenenan aguas, insectos y semillas. En más de una ocasión hemos tenido que retirar polluelos envenenados con insectos dados como alimento y otras veces heridos mortalmente por las mirlas.
Las diminutas aves usan un melódico código de alerta y de ubicación que les permite sobrevivir el día a día a tal punto que su bienestar se volvió parte de nuestra tranquilidad que sólo se confirma con la presencia de las aves cada noche en su nido.

Poco a poco nos vamos acostumbramos a sentir mutuamente nuestra presencia y cada vez nos observamos por mayor tiempo, pero sus instintivos movimientos de protección demuestran el nerviosismo que caracteriza a esta especie, que en tiempos de antaño inspiró la canción más bogotana de todas, “Los Cucaracheros”, compuesta por Jorge Áñez en los años 1920 y que se convirtió rápidamente en la preferida de los bogotanos que aún la consideran su canción del pasado.
En esos años los cucaracheros pululaban en los jardines, bosques, cerros y en la sabana bogotana con prosperidad y sin muchos peligros. Sin embargo, la expansión desmesurada de la ciudad les destruyó el hábitat y el ave empezó una penosa reacomodación que le costó casi su extinción, en donde los pocos que quedan están considerados ahora en peligro.
Entre el cucarachero de la ingeniosa canción y los que sobreviven en Tabio hay una fuerte diferencia. Las antiguas aves vivían tranquilamente y a sus anchas en la ciudad del pasado, mientras que los de hoy luchan cada instante para conservar sus desapercibidas existencias, buscando con tenacidad la continuidad de su especie en medio de una naturaleza agresiva contra su frágil vida.
Por ahora, aquí en Tabio, hay una casita de madera que le sirve de nido a esta asombrosa pareja protegida temporalmente de alguna adversidad…

Perfil Genético:
El chochín criollo (Troglodytes aedon), también denominado ratona común, cucarachero común, chercán, chivirín saltapared, saltapared continental norteño, soterrey cucarachero, chochín casero y curucucha, es una especie de ave paseriforme de la familia Troglodytidae, que se distribuye por la mayor parte de América.
Mide aproximadamente 10 cm y pesa alrededor de 12 g, tiene un canto corto y repetitivo en ocasiones y a veces puede llegar hasta ser melodioso. Tanto el macho como la hembra tienen un color arena por la cabeza y costados de las alas, rayas negras y marrones por las alas y la cola, y por el abdomen marrón muy claro.
Los ejemplares jóvenes son más oscuros que los adultos.
Es un ave inquieta de movimientos rápidos, por lo general siempre se la ve trepando, no vuela grandes distancias aunque esté en peligro.Se alimenta de insectos y de arácnidos que encuentra en las plantas o en el suelo.Fabrica su nido con pastos y plumas que los coloca en huecos en los árboles secos, tejados, caños, etc.
Se la encuentra en América desde el sur de Canadá hasta Tierra del Fuego. Las poblaciones de Norteamérica en invierno migran al sur hasta México. Habita en pastizales, juncales, jardines de las casas, bosques, parques.
Escuchen Los Cucaracheros
