Caminando por Colombia en guerra…
Primera Entrega:

Este 2 de mayo que pasó, se cumplieron 18 años de la masacre de Bojayá. Para estas nuevas generaciones que posiblemente no conozcan la historia de lo sucedido, hoy traemos parte de la vida de algunos de sus habitantes que sobrevivieron a una de las peores masacres sucedidas en nuestro país.
Lina María Aristizábal
Hace 14 años tuve la oportunidad de visitar el municipio de Bojayá, relacionarme con sus habitantes y formar parte de su traslado de la cabecera municipal llamada Bellavista, a donde hoy actualmente se encuentra. Aquí parte de la historia.

[Especiales].- Hoy más que nunca, doña Crucelina Chalá está recordando a Herlindo, su hijo de 7 años que murió el 2 de mayo de 2002 cuando se encontraba, junto con la mayoría de su pueblo, encerrado en el interior de la iglesia de su pueblo Bellavista en Bojayá.
En ese momento se resguardaban de las acciones violentas del grupo guerrillero de las Farc que combatía contra los paramilitares.
Ese día las Farc lanzó un cilindro bomba que cayó sobre el templo matando a 119 personas, en su mayoría niños como Herlindo.
Por ello sobre el Rio Atrato y llegando al municipio, se vislumbraba una gran pancarta recostada en una de las humildes viviendas que decía: “Aquí el 2 de mayo de 2002, las Farc asesinaron a 119 personas, que no se nos OLVIDE nunca”. No puedo mentirles, ese aviso, raído por el tiempo y el clima, me hizo erizar la piel y aguarse mis ojos

Y no se nos olvidó nunca. Walter, Herlino, Wilmar, Jumer, Ana Cecilia, Diana y Hermer, entre otros, se encontraban dibujados sobre banderas blancas enterradas en el cementerio, un campo santo que se ahogaba dentro de la maleza y que, paso a paso, pareciera que fuera a desaparecer entre la manigua.
Mientras caminaba por ese cementerio me dio la sensación de que a sus habitantes poco parecía importarles el estado de aquel campo santo amenazado por el tiempo. “Mientras el “Cuerpo de Cristo”, nombre que le damos a los arbustos rojos sembrados alrededor de las tumbas acompañen a nuestros muertos, lo demás no importa”, decían.
Para llegar a Bojayá debe ir primero a Quibdó capital de Chocó y montarse allí en una lancha que lo llevará por el río Atrato durante cerca de 5 horas hacia Bellavista, como se llama la cabecera municipal de Bojayá.
Ese recorrido tenía sus riesgos uno de ellos era encontrarse con algún grupo alzado en armas. En ese momento solo quedaba asumir consecuencias. Otra forma de llegar es en avión desde Medellín hacia Vigía del Fuerte y allí pasar en canoa a Bellavista.
Personalmente prefería llegar por agua y no por aire, pues la avioneta, (alquilada a una señora de nombre Petrona Córdoba) para llevarnos a Bellavista, era pequeña y no muy segura. Tenía buenos pilotos, no lo dudo, pero el mantenimiento de esas aeronaves no era el más indicado.
En uno de esos viajes, la avioneta que nos traía de regreso, se le apagó el motor teniendo la suerte de estar cerca al aeropuerto Olaya Herrera lo que facilitó la planeada. Otro riesgo era el aterrizaje; cuando desde tierra se veía la avioneta, sonaba un parlante alejando a los niños que corrían por la “llamada pista” y espantando a los animales que pastaban cerca del lugar de aterrizaje.
Ya en Bellavista, un pueblo, en aquella época con cerca de 1.300 habitantes, lo más apropiado era recorrer las calles, visitar diferentes lugares y escuchar que decían. O mejor, qué se oía. Y así me enteré de historias muy tristes, canciones alusivas al momento de horror, gritos de esperanza y mucha expectativa por la reparación y el cambio de lugar de este pueblo.
“Es una deuda que tiene el país con nosotros”, escuché entre la multitud cuando caminaba por aquellos lugares. Esa deuda fue pagada en parte con el traslado del pueblo a un lugar más alto de donde se encontraban, pues el antiguo Bellavista estaba ubicado a nivel del río que inundaba sus calles en cada temporada, es decir durante la mitad del año sus habitantes tenían el agua al cuello. No tenía luz sino cuatro horas al día y el único generador de trabajo era el municipio. Las familias sobrevivían de la siembra de plátano, maíz y pescado.
A finales del mes de junio de 2006 y después de años de construcción, participación, reuniones, asambleas, disputas y muchos encuentros entre líderes, gobierno y población en general, se inauguró en lo alto de la montaña, en toda la mitad del medio Atrato chocoano, el nuevo pueblo.



Las condiciones de vida cambiaron. De la madera inestable, pasaron al ladrillo, de la humedad de la tierra, al concreto, de aquel parque infantil, con juegos oxidados, a dos parque multiactivos, estrenaron iglesia sin recuerdos dolorosos, un centro de salud, escuela, ludoteca, palacio municipal, 264 viviendas nuevas, andenes, acueducto, alcantarillado, hogar múltiple, polideportivo, y más horas de luz. Era toda una ciudadela en la mitad de la selva.
Días antes del traslado, recuerdo a los niños David y Esneider sobrevivientes de la tragedia. Salían de la escuela a las 12 del día. Los rayos del sol impactaban sobre sus caritas, una de ellas quemada por la tragedia de hace 18 años. Los niños se entretenían construyendo con mucha habilidad, unos juguetes. Cogían tarros plásticos del piso, palos de bombones, tapas oxidadas y elaboraban carritos de plástico que arrastraban con una pita. Estos rudimentarios juguetes se veían por todo el pueblo y eran los únicos vehículos que transitaban por este alejado lugar.
Pero una semana después, vimos llegar un gran barco del Ejército con muchas cajas llenas de regalos. No era el día de los niños, tampoco navidad. Era un día cualquiera, igual que los demás: lluvioso, caluroso y apacible. La diferencia ahora era que por las cortas calles de Bellavista viejo, comenzaron a desfilar jóvenes cargando sobre sus hombros cajas muy grandes que eran depositadas en la casa cural.
Cerca de 4 mil regalos fueron repartidos esa tarde. Muñecas morenas y rubias, balones rojos y azules y carros de pasta dura con llantas, timón, puertas y hasta luces. Varios de esos carros tocaron las puertas de David y Esneider quienes sin dudarlo dejaron a un lado sus juguetes artesanales para disfrutar de los verdaderos, como decían ellos.
Esa tarde en Bellavista, los niños sonreían diferente, soñaron con historias nuevas, arrastraron sus juguetes y el pueblo se convirtió en un cuento de fantasía con miles de niños jugando al tiempo.

Estar en Bojayá y contagiarse de su gente, es como estar en un rincón del país desconocido, donde solamente con la presencia de las personas que quieren hacer el bien y que los visitan, es suficiente para decir…ésta es la Colombia que yo quiero.

Recordando la masacre de Los Awá

Compartí tres días en el resguardo El Diviso con más de 300 desplazados que abandonaron sus territorios huyendo de las farc, que asesinaron a varios miembros de la comunidad indígena AWÁ. La historia refleja el apesadumbrado momento que vivieron, lejos del protagonismo que genera el dolor de las víctimas.
Lina María Aristizábal
Bogotá.- Conocer el drama de poblaciones desplazadas no es suficiente para cualquier entidad del Estado o de Organismos Internacionales dedicados a debatir sobre la situación de estos compatriotas. El drama de familias desplazadas no sólo se debe conocer sino que se requiere sentir, vivir, apoyar, ayudar y trabajar de lleno para sacar adelante a estas poblaciones desarraigadas.
Tumaco 17 de Febrero de 2009
Son las 8:30 de la mañana, hora en la que un avión de Satena aterriza en el aeropuerto de Tumaco, municipio ubicado en la Costa Pacífica nariñense. Mi objetivo: llegar hasta los albergues donde se encuentra desplazada desde el 8 de febrero la comunidad indígena Awá, a causa de la lucha que en su territorio mantienen insurgentes de las farc y del eln.
El tema era verdaderamente serio y preocupante, pues los indígenas señalaban a las Farc de matar a sangre fría a hombres y mujeres Awá.
El destino era el predio El Verde en el resguardo denominado El Diviso, en jurisdicción municipal de Barbacoas. La ruta indicada era tomar carretera Tumaco- Pasto; una vía que, según el Gobernador del departamento de Nariño, era una de las más peligrosas de la región.

Con el afán normal de una periodista, solo quería salir de ese terminal aéreo para coger rumbo a mi destino, sin percatarme hasta ese momento que la noche anterior el río Mira se había desbordado de una manera tan crítica que la vía por la que me debía desplazar estaba totalmente inundada.
Entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde intenté pasar sin ningún éxito, pues realmente se estaba viviendo una crisis humanitaria en la región de Tumaco por este desastre natural.
Mientras miraba asombrada la tragedia de esta inundación, que según sus habitantes nunca antes se había visto, observé decepcionada cómo dos grandes camionetas de un organismo internacional superaban los obstáculos que impedían a nuestro modesto vehículo circular. El destino de ellos era el mismo que yo tenía.
Hice trasbordo en tres oportunidades y después de dos horas de camino, llegué a El Diviso, no sin antes percatarme que las camionetas que horas antes pasaron sin ningún problema, ya estaban de regreso con su tarea humanitaria aparentemente realizada.
El Diviso es uno de los resguardos indígenas de la comunidad Awá también denominado el Gran Sábalo-Corazón del Pueblo Awá. Allí se encontraban más de 300 personas de esta etnia que fueron albergadas después de huir de aquella montaña donde masacraron a sus parientes.
A las seis de la tarde, en medio de un aguacero torrencial, llegué a la sede administrativa de la Unidad Indígena del Pueblo Awá- UNIPA-.
En este lugar sobresalen seis o siete viviendas de madera, una sede con dos salones, una emisora comunitaria y un centro de salud donde funciona la IPS de los Awá.
No obstante, aquel lugar frío, que dejaba entrever un ensombrecido ambiente de tristeza e incertidumbre, estaba rodeado de niños a medio vestir que dejaban ver sus prominentes barrigas, y de mujeres desconfiadas que esquivaban la mirada de quienes las observábamos.
Muchas personas, aparte de los desplazados, se encontraban allí. Hombres con chalecos, algunos extranjeros, muchos carros con insignias, mucha bandera blanca.
Con el correr de las horas y después de ser presentada ante la guardia indígena y sus líderes como la periodista que registraría la situación por la que estaban pasando y la forma cómo se estaba atendiendo la emergencia, nos dirigimos a otro albergue muy cerca de allí donde se encontraban la mayoría de los desplazados y donde pasaríamos las noches que seguirían a continuación.
Era el Instituto Tecnológico de El Diviso. Lugar convertido en albergue para la mayoría de los Awá que bajaron de la selva, que llegaron de lugares tan desconocidos para mí como Tortugaza-Telembí, Cerro Ñambí, Guasanga o Pulgrand entre otros. Todos corrían de la muerte.
Dormí en colchonetas dentro de uno de los salones adecuados. En ese lugar nos ubicaron a dos mujeres y siete hombres, todos funcionarios de ACCIÓN SOCIAL que se encontraban desde el mismo momento de la emergencia atendiendo a esta población.
La dormida no fue tan complicada, lo más difícil, en ese momento, era la necesidad de los baños. Como es de imaginarse en una emergencia como esta y con la cantidad de personas que se encontraban en el mismo lugar, la ida al baño se convertía en un problema de grandes magnitudes, sobre todo para los que no estamos acostumbrados a visitar el monte en momentos de extrema urgencia.
En la mañana siguiente, el tema de las duchas se fue solucionando con una adecuación verdaderamente sorprendente, que construyeron los de ACCIÓN SOCIAL para el servicio de todos aquellos que nos encontrábamos en el Instituto y que queríamos bañarnos. No fue fácil pero utilizando las dos manos, una para correr la tela que servía de puerta y otra para sostener la ropa para que no se mojara, fui saliendo adelante.
El día transcurrió entre historias tristes y aterradoras, los indígenas me concedían entrevistas y me relataban momentos verdaderamente conmovedores.
Gerardo Nastacues fue uno de los últimos integrante de una familia que llegó a este albergue y que me contó como las Farc habían amarrado, durante seis horas, a su esposa, hijos, cuñado, hermanos y padres. “A mi cuñado casi le quitan toda la oreja con un machetazo, a mi hermano se lo llevaron después de cortarle el brazo y Aníbal, mi otro hermano, se alcanzó a volar pero no sabemos aún su paradero” manifestó.
Según Gerardo y otros testimonios que obtuve después, la guerra es entre las Farc y el Eln. Un grupo culpa a los Awá de ser informantes o de apoyar al otro grupo. La verdad es una guerra por el territorio.
Estas entrevistas no fueron fáciles de hacer pues la guardia indígena y sus líderes querían que yo solo hablara con las personas que ellos autorizaban; es decir solo con líderes, no con los de la montaña, los verdaderos desplazados, pues según esta autoridad, los Awá de la montaña no saben lo que está pasando; “aunque son ellos los que ponen los muertos”, pensé. Sin embargo y después de algunas horas de conversación con Olivio Bisbicus, Gobernador Indígena, continué las entrevistas pero eso sí… bien vigilada.
El día transcurría entre mucho movimiento. El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, atendía a las familias, las orientaba, las acompañaba. Misión Médica (equipo del Hospital de Barbacoas) curaba los dolores del cuerpo y ACCIÓN SOCIAL, construía albergues, clavaba puntillas, entregaba mercados, construía baterías sanitarias, adecuaba lavaderos, cocinas, tendedero de ropa, acompañaba a la comunidad.
Todo ello, en las más precarias condiciones y sin forma siquiera de cumplir con los mínimos requisitos que nos exige el tener flamantes certificaciones de seguridad ocupacional, pues lo importante era adecuar rápidamente los albergues.

Sin embargo los líderes no parecían satisfechos. Es más, su complacencia estaba con los organismos internacionales que difícilmente se veían en acción. A más de uno de esos organismos le alcancé a preguntar cuál era la misión de ellos en la emergencia pues solo observaba carros paseándose por la zona, muchos hombres y mujeres con chalecos caminando de un lado a otro, celulares en actividad permanente y reuniones a puerta cerrada con discursos elaborados; discursos que decían lo que todos querían escuchar.
Siempre había una respuesta, no importaba cual, pero ninguna tenía que ver con asegurar una puntilla o pegar un ladrillo, o entregar víveres y alimentos.
Pero de todas maneras los líderes, que parecían más interesados en el discurso político que en las necesidades de su pueblo y su estadía en los albergues, aplaudían con reverencia la quietud de los organismos internacionales y criticaban las acciones del Estado que permanecía día y noche acompañando y trabajando la emergencia.
¿Cómo está todo por aquí?
¿Qué ha pasado?
¡Dura esta situación!”
Son frases que alcancé a escuchar de un argentino que se bajó de uno de esos vehículos uniformados y que permaneció en el lugar no más de media hora. ¡Buen trabajo! Pensé.
Los hombres de la montaña o del silencio como se hacen llamar, continuaban en los salones sumidos en su tristeza, no les importaba quien llegaba o hablaba, solo querían retornar. El show de los organismos no les interesaba y mucho menos lo entendían. El momento lo aprovechaban sus líderes que sí sabían que querían.
La crisis humanitaria de los Awá es de magnitudes incalculables y la emergencia por la cual están pasando es para que todos participemos de corazón: es dejar la cámara o la grabadora de lado y cargar a un niño que mira con desazón, es trabajar hombro a hombro, sin importar las incomodidades por las que se debe pasar, es dejar a un lado el papel de crítico para ser actor, es no buscar sobresalir más que otro y trabajar bajo un solo objetivo: mantener a los Awá en albergues dignos mientras pasa la emergencia, trabajar para un retorno seguro, acompañar las actividades no con palabras sino con acciones y erradicar los discursos políticos que solo buscan una cosa: protagonismo..!




