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No es una exageración, tampoco un homenaje. No habría porqué hacerlo, cuando quienes lo merecen nunca lo quisieron. No hay nombres ni lugares específicos, estamos cansados de aprender geografía nacional a punta de sangre y fuego. Y el mejor tributo es evitar el manoseo mediático de sus nombres y de sus mortajas…la Muerte Arrasa!
DCP.- Los métodos de horror usados en el mundo antiguo y moderno conocidos a través de personajes como Homero, recopiladores bíblicos, narradores de la revolución francesa, de las cruzadas o de la inquisición, de las invasiones nómadas, del circo romano, de las miles de guerras antiguas y nuevas contadas detalladamente por investigadores, especialmente sobre la segunda guerra mundial con la irracionalidad nazi y la guerra de Vietnam…todas estas inhumanas fórmulas de terror, de dolor, de crueldad y de muerte, se han puesto en práctica en Colombia.
Y Colombia incluso tiene su propio sello de ferocidad con las escabrosas “casas de pique”, donde después de torturas inimaginables descuartizan a las víctimas sin aspaviento alguno.
Pero en los años de 1950 ya habíamos impuesto el horripilante método del corte de franela (también llamado de corbata), que consistía en abrirle a la víctima un orificio en la garganta y sacarle la lengua por allí.
Y con la llegada del narcotráfico, las motosierras fueron un objeto aterrador de tortura y de ferocidad colombiana.
En las épocas turbulentas de hoy, donde los policías y la gente bien desenfundan sus armas contra muchachos protestantes, hemos visto cabezas de jóvenes
rodando por las calles de sus pueblos y barrios, en un acto de salvajismo y de intimidación inaudito, que incluso dejó sin ojos a decenas de muchachas y muchachos.
Sobre los lomos de los grandes ríos colombianos están registradas escalofriantes imágenes de viejísimas y permanentes historias con centenares de cadáveres que, flotando suavemente, llevan como indeseables pasajeros a negros gallinazos que ávidamente van engullendo en su fúnebre recorrido, los ojos, la piel y las vísceras del muerto.
En asuntos de muertes violentas, Colombia lo ha visto todo: guerras, sevicia, maldad, el desenfreno del odio, terrorismo, desapariciones forzadas, reclutamiento de menores, desplazamientos por despojo de tierra, sicariato, guerrillas, bombardeos, paramilitarismo, secuestros, guerra de mafias, exterminio de partidos comunistas, masacres, asesinatos de políticos, collares bomba…de todo, hasta lo inhumanamente imposible.
En la Colombia de la historia patria, un miércoles 30 de enero de 1782 (a 28 años de la independencia), el comunero José Antonio Galán, con apenas 33 años, fue sentenciado a muerte.
Este episodio lo escuchamos narrado por algún dramático profesor de historia, quien con emoción desbordada contaba minuciosamente aquella horrorosa escena de la patria.
Galán fue arrastrado por el piso desde la cárcel hasta la plaza principal de Bogotá, donde un inexperto verdugo falló grotescamente en cada intento por ahorcarlo. Al no lograrlo, el revolucionario comunero fue muerto de un disparo de arcabuz a quemarropa.
La sanguinaria sentencia imponía castigos para el cadáver de José Antonio: Una vez decapitado, su cabeza se exhibiría como un acto de advertencia en la ciudad de Guaduas, centro rebelde de esta incipiente nación.
Luego sus manos y pies fueron cercenados y enviados a diferentes lugares:
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La mano derecha fue exhibida en la plaza principal del Socorro
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La mano izquierda en la villa de San Gil
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El pie derecho se despachó a Charalá, ciudad natal de Galán
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Y el pie izquierdo a la ciudad de Mogotes.
Toda una macabra exposición que engendró emociones de miedo y odio entre los neogranadinos. El resto de su cuerpo fue incinerado en una hoguera pública.
La expresiva lección de “historia patria” causó un efecto de espanto contrario al patriotismo, pues crecíamos en medio de una sangrienta violencia política repleta de escenas crueles y aterradoras.
Sentado con mi abuelo, un teniente coronel de la fanática “guerra de los mil días”, también escuché detalles cruentos de esa contienda donde los jóvenes-niños disfrazados de soldados, morían horrendamente para saciar la arrogancia de una dirigencia política corrupta y clasista.

Cuando leíamos en la Ilíada de Homero como Aquiles era imbatible en sus combates contra los troyanos, recordamos los episodios de los temibles macheteros liberales comandados por el general guerrillero Tulio Varón, que pasaban noches enteras afilando sus machetes para destrozar de un golpe, en ataques nocturnos sorpresivos, a soldados inermes del ejército conservador al que perteneció mi abuelo de manera obligada, cuando apenas tenía 14 años.

Y a diferencia del entusiasta profesor de historia, mi abuelo contaba esta espeluznante página de guerra con la voz entrecortada por la rabia y el miedo que regresaban a su memoria muchos años después…así de horrible son los recuerdos de aquellos asaltos de los macheteros.
Pero de la “guerra de los mil días”, el país saltó a la más sangrienta violencia partidista que acabó con la vida de miles de campesinos usando las peores y retorcidas formas de asesinato, despojo de tierras, masacre y torturas inconcebibles.

Gobiernos conservadores y sus altos representantes regionales utilizaron a la policía de Colombia de ese entonces como una fuerza paramilitar contra toda expresión política considerada peligrosa para su régimen. Entonces crearon a los chulavitas, denominados así porque la gran mayoría de sus tenebrosos integrantes provenían de Chulavita, una vereda de Boavita, Boyacá.
La barbarie de ese entonces, todavía se repite hoy y se ha venido replicando a lo largo de nuestra existencia como país.
Además del corte de franela, los chulavitas decapitaban y jugaban fútbol con las cabezas de campesinos liberales torturados, fusilados, masacrados y destripados después de presenciar la violación de sus hijas y mujeres.

Luego les abrían sus vientres y los tiraban a los ríos, que se convirtieron en cementerios por donde flotaban silenciosas y espantosas marchas fúnebres a lo largo de todo el país. Ya el sicariato contra líderes liberales estaba tomando auge y la nación sobresaltada era una masa de nervios expectante.
Los chulavitas y los agentes del estado aplicaron atroces torturas matando a centenares de personas: colgaban a quienes señalaban de liberales en lugares de extrema altura. A otros los encerraban en cuartos con los pisos mojados para aplicarles choques eléctricos. Igual los electrificaban a través de tubos en los que ataban a las víctimas.
Otra de las torturas que más placer producía entre los verdugos, consistía en matar de sed a los capturados, mientras observaban un rebosante vaso con agua al que no tenían acceso. Retorcían los testículos a los presos y hacinaban en un pequeño cuarto a tantos detenidos que sólo cabían de pie sin poder dormir ni sentarse. Además, los sentaban desnudos sobre grandes bloques de hielo…tanta crueldad en una sola época y en un solo país.
Entonces asesinaron a Gaitán y el delgado dique que contenía la furia de las mayorías oprimidas se rompió y el desenfrenado y sanguinario ataque a campesinos liberales
desembocó en la creación de guerrillas y bandolerismo como fuerzas de desquite contra los poderes conservadores de aquel azaroso período.
Después, en medio de un frente nacional cínico y corrupto que las clases políticas
colombianas diseñaron a la medida de sus ambiciones para alternarse el poder cada cuatro años entre liberales y conservadores, la guerrilla se volvió una fiera sin control.
Secuestros, asesinatos, ataques, terrorismo, reclutamiento de menores, extorsiones, boleteos, atentados…otra barbarie, con nuevos protagonistas…y faltaban más.
Con negros episodios de miedo, sangre y terror, la guerrilla escribió dos historias de impiedad. Una hacia el interior, donde centenares de jóvenes idealistas guerrilleros que intentaron enfrentar posiciones del mando fueron obligados a cavar sus propias tumbas para luego ser fusilados. También capturaron niñas y niños arrebatados a familias campesinas como cuota humana para una guerra que los devoraba fácilmente.
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En manos de los guerrilleros los niños eran esclavizados y soportaron abusos sexuales. Niñas embarazadas fueron obligadas a abortar y las que parieron hijos fueron separadas de ellos brutalmente. El comando era incuestionable…como la orden de un dios.
Los niños caían como moscas fumigadas al ser ubicados en las primeras líneas de combate. Además, los entrenaban para sembrar minas y poner explosivos en vías rurales. También les exigían llevar pesadas cargas durante agotadoras jornadas por selvas y montes.
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Foto: Cortesia
Las guerrillas intentaban mostrar una imagen de revolucionarios puros e idealistas, pero resultaron peores que las fuerzas del Estado que combatían. Construyeron campos de concentración en medio de selvas húmedas e inhóspitas, donde policías, soldados, finqueros, gente rica y hombres públicos, permanecieron prisioneros por largos años, ante la indiferencia de sus verdugos que ignoraron con arrogancia las súplicas de toda una sociedad herida por su crueldad.
Muchos de ellos murieron en cautiverio y permanecieron siempre encadenados como animales salvajes, sin ningún respeto por la condición humana que las guerrillas decían defender.
Y en reacción a estas acciones criminales, el ejército bombardeaba y destrozaba campamentos con menores y civiles incluidos, en un acto de guerra que nos hundió en un abismo de odio, revanchismo y largos decenios de sangre y dolor.
La engreída y sanguinaria guerrilla, ahora convertida en una organización narcotraficante poderosa y rica, despertó la peor acción violenta contra ellos y contra las poblaciones civiles y campesinas que dominaban.
En la década de los 80 y de la mano de los peores asesinos y capos del narcotráfico, surgió la fuerza paramilitar más monstruosa de este continente, como reacción a las acciones guerrilleras. Y nació arrullada por las motosierras, el sicariato, las masacres, el sonido de las metralletas y la barbarie.

Hombres siniestros al mando de distintos frentes armados distribuidos por todo el país y financiados con dineros de terratenientes, mafiosos, ganaderos, empresarios y víctimas de las guerrillas ávidas de venganza, construyeron una máquina de muerte imparable, en algunas partes con el apoyo de las fuerzas militares.
Con instrucciones minuciosamente elaboradas, empezaron a masacrar pueblos enteros con una ferocidad sin precedentes y sin distinguir edades, sexo o condición humana alguna. En ese libro de la irracionalidad, aparecen actos inhumanos demoledores. En algunos casos, mientras asesinaban, escuchaban vallenatos, obligando a los habitantes de los poblados a presenciar sus atroces acciones.

En el zoológico de Medellín le dieron albergue al león de «Macaco»
El paramilitarismo está fundamentado en el odio y en la revancha y para darle rienda suelta a su locura, acondicionaron un sitio con un feroz león al que después de dejar algunos días sin alimentar, le arrojaban guerrilleros vivos capturados en combate. En medio de alaridos desgarradores, los hombres eran devorados ante el regocijo de los paracos.
El paramilitarismo produjo sufrimiento infinito a sus prisioneros indefensos con acciones inhumanas como despellejar, quemar, mutilar órganos genitales, sacar los ojos, romper a martillazos dedos, manos, pies, tobillos y rodillas. Clavar puñales en piernas, brazos, glúteos y manos. Cortar a pedazos con motosierras y ensartar sus cuerpos en ganchos de carnicería para someterlos ahí mismo a despiadadas torturas hasta llevarlos a muertes liberadoras. Todo esto a la vista de los pobladores que después huían de aquellos territorios lo que provocó un éxodo de más de cinco millones de colombianos desplazados por todo el país, que todavía llevan sembrado en sus corazones rabias y sed de venganza.

Con escrituraciones coaccionadas, de sus terrenos se apropiaron los hombres de la guerra, políticos y terratenientes, respaldados por la liviandad de notarios y del estado mismo.
La acción de los paramilitares contó con el apoyo pleno de las mafias de la cocaína, que también cometieron bestialidades imposibles: con carros-bombas sembrados en los centros de las ciudades, atomizaron a cientos de ciudadanos inocentes.
Bomba al DAS…foto El Espectador
Pero además explotaron un avión en pleno vuelo causando la muerte de 107 pasajeros, demostrando su frenética capacidad de destrucción que les daba el poder del dinero producto del narcotráfico, con el que financiaron y planearon la muerte de líderes políticos, magistrados, jueces, periodistas, policías, agentes de la DEA, abogados y el de muchas personas más.

Las motosierras se convirtieron en sus despiadadas aliadas de muerte, pero además pusieron en práctica sofisticados sistemas de aniquilación que les permitió consolidarse como capos de la droga.
Se creó entonces una tenebrosa alianza entre el poder político, las instituciones de inteligencia, los paramilitares y el narcotráfico que les permitió atentar contra periodistas, líderes de izquierda, candidatos presidenciales, oficiales de inteligencia policial, y que incluso les facilitó asesinar al líder del M-19 en pleno vuelo comercial.






