Dividido por ideologías e intereses económicos, políticos, religiosos, ecológicos, étnicos, sociales y hasta por camisetas deportivas, el hombre se destroza entre sí con una ferocidad incontrolable.
Las banderas políticas otra vez se tiñen de sangre, de exclusión social y de horror macabro, buscando a cualquier precio imponer tendencias ideológicas y estilos de vida que sólo benefician a comunidades específicas…las demás sufren el repudio y la brutalidad del ganador.
El planeta soporta la peor pandemia imaginable: el odio.
eduardo a arias a
El odio es el sentimiento que reina sobre este planeta desde hace décadas, promovido desde las alturas del poder mundial por los multimillonarios medios que abren sus canales para avasallar con mentiras la vida de cualquier ciudadano en el mundo.
Mentiras que además de odio generan miedo, incertidumbre, dudas y apatía política que beneficia directamente a los hombres del poder.
Aquí hay que recordar que los hombres del poder no son los presidentes, son los dueños de las grandes corporaciones empresariales que lo tienen todo, que dominan todos los capitales y los negocios que reinan en el mundo del consumo.
A los ojos de esos poderosos, el hombre de hoy es una ficha desechable, un “X” que hace parte de una multitud sin rostro, sin nombre, sin huella dactilar…un humano comprador de sus servicios y productos, y nada más.

Imponer poder y oponerse a ese mismo poder, viene reventando a los países de todos los continentes, sin importar su pasado histórico, sus fortalezas económicas, ni sus políticas sociales…el mundo juega una partida de póker contra jugadores con cartas marcadas y sin la capacidad para sostener las altas apuestas del descarnado neoliberalismo.
Con los ojos abiertos y con todos los sentidos afinados, la humanidad camina hacia el abismo guardando un silencio abominable, una actitud cobarde y resignada, atrofiada por el miedo y por este odio mezclado con mentiras que lo ennegrece todo.
Ver al presidente norteamericano cantaletear a otro presidente que carga en sus hombros la desgracia de una guerra y ser testigos de como en gavilla con otro funcionario le reclama una reciprocidad humillante, es alimento para el odio manipulado magistralmente por los medios.
Las escenas que a diario repiten los medios y las redes sociales de los acontecimientos en el mundo, se presentan ahora con un lenguaje construido con palabras intencionadas colmadas de incertidumbres donde los medios mismos se encargan de promover como salvadores a los candidatos de los hombres del poder…y esto sucede en todo el mundo.
La democracia de hoy está montada sobre unos caprichosos rieles construidos con mentiras y odio por una arrogante maquinaria de multibillonarios que dominan a su antojo un planeta colapsado por la avaricia sin límites de un puñado de nefastos individuos ricos.
Ahora, por ejemplo, es permitido que, ante los ojos de todo el mundo, un país que se autodenomina “el pueblo de dios”, masacre sin piedad y con una brutal sevicia a miles de niños, mujeres y hombres en una guerra donde sólo ellos poseen poderosas armas para el ataque, mientras Gaza apenas respira.
Esta es la guerra del odio…del odio más puro y contundente que alguien sienta por el otro, olvidando perversamente aquel pasado donde ellos mismos fueron odiados sin piedad por un país nazi que los masacró sin compasión y con alevosía…tanta venganza y rabia ni siquiera puede ser perdonada por un dios.
El mundo siempre ha soportado villanos, tiranos, gobiernos prepotentes, masacradores, traidores de la Patria y corruptos por muchos años y en distintas épocas de la humanidad.
En el escenario Latinoamericano, Colombia lleva 500 años galopando sobre oleadas incontrolables de odio fomentadas por las clases privilegiadas que emergieron del caudillismo político y de las aberrantes castas sociales.
Y este, nuestro odio, es un odio sordo, sucio, ciego, irracional, matizado con la revancha, el cinismo, la mentira, la zancadilla, con la destrucción moral del otro. Es un odio tan nuestro, tan sin sentido, que sólo nos ha causado muerte y desolación, mientras sus promotores se transforman en unos vulgares políticos corruptos, desmesuradamente ricos.
Desde antes de nuestra “independencia”, las clases altas, (terratenientes, comerciantes y políticos) de la mano de la iglesia católica y cubiertas bajo un escabroso manto de impunidad, manifestaron su odio de clase y su racismo sin límites, contra las poblaciones indígenas, negras, campesinas y marginadas.
Y entonces la libertad por la que nuestros héroes dieron sus vidas,
sólo benefició a las encopetadas esferas sociales de entonces, las mismas que hoy se lucran degeneradamente con los privilegios que les otorgan los gobiernos de turno.
Desde aquellas remotas épocas, este país ha sido dominado por el odio y el miedo, alimentado con mentiras y revanchismos políticos que nos han condenado a vivir momentos infernales como la guerra de los mil días, el asesinato de Gaitán, la violencia que despojó de sus tierras cafeteras a miles de campesinos, hasta el adormecimiento que nos trajo el corrupto frente nacional, donde los hombres del poder consolidaron sus fortunas.
Y, por si fuera poco, a las violentas acciones de las guerrillas respondieron creando un sanguinario paramilitarismo mezclado con narcotráfico y parapolíticos que, desde el poder y con un rabioso revanchismo, decidieron exterminar un partido político asesinando a sus voceros, a centenares de líderes sociales y a otros representantes de la izquierda.
Dos elevadas figuras públicas son responsables de sembrar tanto odio entre los colombianos. En los primeros años del siglo pasado un sombrío personaje conservador llenó de sectarismo la vida nacional, y en los años iniciales del presente siglo, otro macabro personaje llegó al poder agitando sentimientos de venganza y de cinismo moral…un tal uribe, graduado con honores como “culebrero paisa”.
Hoy el odio se tomó las estancias más intimas de cualquier hogar que permita las discusiones políticas, porque la controversia ideológica trastornó la realidad y la volvió un argumento violento para el pugilato y la discordia entra familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajos, colegas, paisanos y contertulios ocasionales.
Pero poco a poco los colombianos han venido entendiendo que nunca será bueno discutir y romper relaciones por unos malditos políticos corruptos y criminales que se enriquecen degeneradamente con recursos públicos, mientras los bandos electorales se dan en la jeta por ellos…que ridiculez!
Hoy, en el 2025, Colombia observa el feroz ataque de una gavilla de poderosos integrada por multimillonarios empresarios con sus medios de comunicación, ex altos funcionarios de todos los pelambres, las cortes y sus magistrados, gremios, editorialistas, grupos políticos y peligrosas fuerzas de la derecha, todos estos destilando odio de alto grado contra un gobierno progresista.
Con una estrategia de demolición moral, los medios del poder irradian por sus canales informaciones retorcidas y exageradas contra el presidente Gustavo Petro, invisibilizando logros y desbocando miedos y furias ciegas contra el gobierno.
Hay toda una estrategia para impedir la aprobación de los programas sociales que los colombianos requieren para equilibrar la inequidad que por siglos han soportado, y que incluso es respaldada sin timidez y con mucho cinismo por parte de las Cortes que se han dedicado a tumbar todas las reformas del gobierno.
Y es por ese odio ciego, propio de los malos perdedores políticos, que le retuercen el pescuezo a la democracia desconociendo resultados electorales y afectando sin consideración alguna el normal y próspero devenir de un país que, como Colombia, requiere con urgencia recuperar su tranquilidad y su sensatez republicana.
El odio en Colombia se sienta en cualquier silla del transporte público, se acomoda plácidamente a fumar un cigarrillo saboreando un aromático café, irrumpe es una mesa de poetas o también en un encuentro amoroso en un discreto motel.
Por eso fabriqué contundentes letreros:
Uno lo clavé en la puerta de mi casa y dice “fuera el odio”.
Otros los repartí entre los puestos del comedor: “En esta casa no compartimos nuestra mesa hablando de políticos”.
Y el último: “Respeto lo que piensas, respeta lo que pienso…el odio nos enferma y nos mata”.








